Cada vez que regreso de una visita a Nueva York me quedo con ganas de mudarme. Y no es por los grandes atractivos de la Gran Manzana, que sin duda son un acicate, en particular su sabor cosmopolita. Lo que más me cautiva es la fértil vida gay y judía que tienen otras personas como yo, quienes celebramos nuestras raíces religiosas y orientación sexual sin ningún conflicto existencial.
Una vez al año viajo a Nueva York precisamente para participar en alguna actividad relacionada. Esta vez, fui a celebrar Janucá, la fiesta decembrina de las luces que evoca las proezas de los Macabeos, quienes proclamaron la independencia judía en la Tierra de Israel apenas por un siglo antes de la era cristiana. El viernes por la noche, asistí un servicio de Shabat magnífico en la Congregación CBST, la sinagoga gay más grande del mundo.
El sábado por la noche fuimos a una fiesta en otra sinagoga, donde habrían unos 200 gays judíos intercambiando ideas y, en algunos casos, coqueteando. Para las personas allí reunidas es importante reconciliar la fe con la identidad sexual que no son antagónicas como algunos quisieran creer. Lo que más me llamó la atención (además de unas cuantas caras bonitas) fue la presencia de judíos ortodoxos con largas barbas y kipot (gorras rituales). Me alegra que hayan podido superar el trauma que a menudo dejan comunidades muy cerradas y que tengan las agallas de mantenerse fieles a sus creencias conservadoras en sus comunidades y vivan auténticamente como hombres gay. Continuar leyendo...
Foto: Keith Goldstein / Getty Images

Comentarios